A menudo, cuando descorchamos una botella o disfrutamos de una copa de vino , los pensamientos se suelen dirigir normalmente hacia la bodega. A nosotros nos gusta volver al principio de todo, a la tierra y quien la trabaja, y por eso hemos compartido una mañana de vendimia con los alumnos del ciclo de FP de Vitivinicultura de Sanlúcar e intercambiamos impresiones con Oliverio Rodríguez , viticultor de tercera generación que lleva cuatro años acercando a las redes sociales, como influencer, las tareas del campo.

Oliverio conoce bien la dureza y el compromiso ininterrumpido que exige la viña; hablamos de la poda a vara y pulgar, del control de las plagas, de la preparación de la tierra. Es un ciclo continuo donde, nada más recoger el fruto, ya se empieza a pensar y abonar para la cosecha del año siguiente. Oliverio lo resumió con una frase : “Si no hay viticultores, no hay vino”.
Del saber heredado al conocimiento técnico
En la viña de Oliverio, nos encontramos con unos 40 alumnos entre primer y segundo curso del grado, coordinados por María Victoria, responsable del mismo y el equipo docente del IES Francisco Pacheco de Sanlúcar de Barrameda. Tomar contacto con el viñedo es muy importante, pues los alumnos van comprendiendo el porqué biológico de cada proceso y no sólo aprenden por rutina heredada.
Hablar de masa foliar, saccharomyces autóctonas, control de temperaturas o dinámicas de fermentación cambia por completo la perspectiva del viticultor. Como expresaba José, alumno de segundo curso: «Antes se hacía así ‘porque lo digo yo’. Ahora disfrutas entendiendo cómo despiertan las levaduras, cómo consumen sus nutrientes a 15 grados y cómo responden al suelo de albariza». Los conocimientos técnicos que adquieren los alumnos, son utilizados para para hacer vinos con mínima intervención o para recuperar variedades tradicionales.
Cuatro generaciones y un mismo vínculo con la viña
Durante la mañana a pie de liño, nos encontramos con historias que se quedan grabadas. Entre varias nos llamaron la atención dos. La de Alejandro, que representa la cuarta generación familiar vinculada al viñedo. Su madre también cursó este mismo ciclo formativo, y hoy su abuelo observa con orgullo cómo su nieto se forma para cuidar las viñas de la familia. Y la historia de José, hijo y nieto de viticultores de Balbaína alta, donde tiene su propio viñedo y elabora sus propios vinos artesanales. Los dos han elegido el campo, y lo hacen sabiendo por qué hacen cada cosa.
Lo que vivimos durante la mañana, no fue una clase teórica, fue meterse en viña y vivirla. Los profesores acompañan y guían, pero son los propios alumnos quienes se manchan las manos, cortan la uva y toman las decisiones sobre los mostos. Son ellos los que deciden los tiempos y los perfiles de elaboración. Con la formación adecuada y un precio justo que reconozca el verdadero valor de la uva y la botella, nuestros viñedos seguirán dando grandes historias y buenos vinos.

Lo que vivimos durante la mañana, no fue una clase teórica, fue meterse en viña y vivirla. Los profesores acompañan y guían, pero son los propios alumnos quienes se manchan las manos, cortan la uva y toman las decisiones sobre los mostos. Son ellos los que deciden los tiempos y los perfiles de elaboración. Con la formación adecuada y un precio justo que reconozca el verdadero valor de la uva y la botella, nuestros viñedos seguirán dando grandes historias y buenos vinos.
Desde Lauro Vinum agradecemos de corazón al profesorado, al alumnado y a viticultores como Oliverio por abrirnos las puertas de su casa y compartir sus conocimientos.


